Es sobre todo en la antaño villita pesquera de Las Terrenas donde el italiano, el francés o el español de España que se escucha no es solo el de los que están de paso sino, también, el de los que un día vinieron de vacaciones y ya no se fueron. Más que grandes resorts, a este rincón bohemio le han florecido hotelitos de colores que se confunden con casas antillanas y chiringuitos en los que enfrentarse sobre la arena a un asopado de camarones o una parrillada de pescados recién sacados del mar. Todo va a cámara lenta, salvo las parejas que se arrancan con un merengue en los bares que abrieron en las viejas cabañas de pescadores, o los conchos -mototaxis-, que por un puñado de pesos se atreven incluso a llevarle a uno hasta Santa Bárbara de Samaná o, como le dicen para abreviar, simplemente Samaná.
Es este el ...
Pero es precisamente a ese bendito aislamiento al que hay que agradecerle que la península entera sea un escondite con sabor a paraíso perdido sin comparación posible con otras playas dominicanas. En primer lugar, quizá, porque Samaná no es solo playa. Las tiene, y de infarto, como playa Rincón, que año sí y año también figura en los rankings de las playas más despampanantes del planeta, o cayo Levantado, también conocida como playa Bacardí porque en ella se rodó un anuncio épico que dio la vuelta al mundo y que provocó que más de uno averiguara de qué lugar se trataba porque solo quería ir allí. Pero además, Samaná se eleva en sierras forradas de palmeras por las que adentrarse en caminatas o a caballo, atesora fondos para bucear entre corales y barcos hundidos, o cascadas como Salto Limón, donde la gracia de los niñitos que chapotean en su laguna ...
La última esquina de república Dominicana, un territorio de postal y ambiente bohemio, resuena como un secreto a voces entre los buscadores de tesoros. Alfombras de playas perfectas y plantaciones de palma, la península de Samaná no ha perdido un ápice de esos aires salvajes de cuando la cortejaban los piratas.
En los folletos que promocionan este esquinado paraíso del extremo noreste de la República Dominicana aseguran que la península de Samaná es dueña y señora de la mayor concentración de cocoteros del planeta. Y aunque exactamente de eso mismo presume un buen puñado de destinos esparcidos por otros rincones del mundo, nadie se atrevería a desdecirlos mientras uno se abre paso por sus caminitos de regusto tropical y no da crédito al comprobar cómo los esbeltísimos troncos de palma no dejan de agolparse por arenales y lomas hasta que la carretera, literalmente, se acaba al descollar en la playa perfecta ...